Posted by: Alejandro Grossmann | January 3, 2011

Colecciones

En el último mes tuve la oportunidad de atender a dos citas.

 En ambos casos con viudas de filatelistas que al morir dejaron su colección de timbres en manos de la familia. A lo largo de mis treinta y tantos años de filatelista, he tenido la experiencia de conocer casos muy similares, por lo que no he resistido la tentación de compartir estas experiencias en mi columna.

 El objetivo es informar a mis lectores con el mayor detalle. Sin embargo, para no herir susceptibilidades y mantener en el anonimato a las personas involucradas, no daré todos los detalles de mis visitas.

 En ambos casos, la familia esperó al menos diez años para resolver o solucionar el tema de “¿qué hacer con la colección de nuestro querido esposo?”

 En el primer caso, la viuda me mostró un álbum pre impreso con los timbres de un país, prácticamente completo de 1950 a la fecha de su fallecimiento.

 Después fue sacando una serie de clasificadores y cajas repletas de timbres mexicanos de los últimos 40 años. Muchos ejemplares de un mismo timbre. Su esposo difunto alguna vez pensó dedicarse al comercio filatélico y empezó por acumular un inventario, que al final, nunca pudo vender. La señora acudió a un comerciante quien le propuso valuar la colección cobrando honorarios a un costo equivalente al 10% del valor. Valiente propuesta para una persona que lejos de gastar dinero, busca vender esa acumulación de timbres. Sin embargo no debemos generalizar que todos los comerciantes filatélicos carecen de escrúpulos o nos son profesionales. Siempre deben escucharse al menos dos propuestas para comparar las ofertas y poder decidir. Aunque en este pasatiempo, nunca está demás vender a un precio castigado que dar en consignación un timbres que luego son vendidos por el comerciante y nunca pagados al legítimo propietario.

 Solamente una pequeña parte de su colección tiene un interés particular para un filatelista y el resto puede ser comprado por un comerciante quien desde luego pagará una cantidad inferior al que nuestro amigo difunto desembolsó. Esto en parte por el riesgo que le representa comprar una colección que no sabe cuando podrá encontrar el cliente que estará interesado en comprar.

 El segundo caso se refiere a otro coleccionista que adquirió una serie de álbumes mundiales para colocar sus timbres. Para ubicar en el contexto a mis lectores, quiero aclarar que para guardar los timbres que se han emitido en todo el mundo en los últimos 150 años, se requieren de más de diez gruesos volúmenes para alcanzar esa tarea.

 Este hombre siguió la vieja usanza de coleccionar todos los timbres del mundo. Desde luego es una tarea ardua, muy difícil de alcanzar, pero sin duda, la más divertida y entretenida.

 Gran cantidad de sobres inundaban varias cajas. Contenían fragmentos de cartas con sus timbres, correspondencia recibida a lo largo de muchos años, aguardaban a ser lavados, es decir desprendidos del papel, secados, planchados, y clasificados.

 Esta tarea titánica es sin duda del agrado de una persona interesada en timbres y en filatelia. Le dará muchas horas de distracción, satisfacción y entretenimiento. Siempre y cuando le guste…

 Solicitar a los deudos que levanten un inventario de la colección es una tarea muy laboriosa y poco rentable. Vale más el tiempo de la persona que los timbres propiamente.

 Desde luego que en ambos casos hay hijos y nietos de por medio. Que mejor que un nieto recoja los frutos del abuelo y continúe con su colección. Lamentablemente son cada vez menos los chicos interesados en este pasatiempo. La multitud de opciones para el entretenimiento, desde la televisión, los juegos electrónicos y el internet son unos pocos ejemplos hace de la filatelia un pasatiempo poco atractivo.

 En ambos casos pudimos concluir, que lejos de pensar en el valor que puedan recibir por sus colecciones, deben de reflexionar en los momentos de distracción y entretenimiento que estos hombres disfrutaron con su pasatiempo. Difícilmente otro proporcione al final, un remanente económico como en el caso de los timbres.

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